La estética como acto de resistencia
La estética, entendida como modo de relación con el mundo, no es un accesorio del arte sino una forma de acción. Desde los pasamontañas de colores de Pussy Riot hasta el absurdo de los dadaístas, los gestos estéticos han sido siempre modos de decir “no” cuando el lenguaje ya no alcanza. La escena de Nadya Tolokonnikova cortando manzanas en el videoclip Apples condensa ese poder: un acto mínimo y silencioso que, sin embargo, corta el orden simbólico. Como escribió Claramonte, toda experiencia estética implica una tensión entre materia, vida y sentido: ahí es donde la estética se convierte en resistencia.
Los tres estratos de la estética
Jordi Claramonte propone que la experiencia estética se compone de tres estratos que interactúan: el inorgánico, que corresponde al soporte material y físico; el orgánico, donde residen la emoción, el afecto y la vitalidad del gesto; y el cultural objetivado, que inscribe esa acción en un contexto histórico y simbólico. Pensar con estos tres niveles nos permite leer una performance, un collage o una canción como sistemas complejos de significación. En este marco, tanto el dadaísmo como Pussy Riot actúan sobre los tres planos a la vez, haciendo visible la política del cuerpo, de la materia y del símbolo.
Dada: el origen del gesto antiestético
El dadaísmo nació en el Cabaret Voltaire, en 1916, como respuesta al sinsentido de la Primera Guerra Mundial. Su estrategia fue simple y radical: desmontar los lenguajes del poder mediante el absurdo, el collage y la provocación. Entre sus figuras, Hannah Höch llevó esta ruptura al terreno del cuerpo y la identidad: con sus collages de recortes de revistas, mezcló rostros de políticos y bailarinas, engranajes industriales y fragmentos domésticos. Su obra “Corte con el cuchillo de cocina dada” se convirtió en una metáfora del corte como método de conocimiento. En Dada, la estética ya no embellece: descompone, hiere y revela.
Pussy Riot: estética del cuerpo y de la acción
Cien años después, Pussy Riot retoma ese impulso desde el corazón de la Rusia contemporánea. Su estética punk combina performance, ironía y vulnerabilidad, usando el cuerpo como soporte de protesta. En Apples, Tolokonnikova corta manzanas como quien ejecuta un rito: el gesto evoca a Eva, al castigo y al conocimiento, pero también al acto dadaísta de desmontar símbolos heredados. Los colores intensos, los movimientos torpes, la coreografía del caos: todo es deliberado. Su arte opera en los tres estratos de Claramonte —lo físico, lo vital y lo simbólico— para convertir la rabia en forma y la forma en acción política.
Entre Dada y Pussy Riot: el arte como forma de conocimiento
Tanto Dada como Pussy Riot cuestionan la idea de que el arte deba producir belleza. En su lugar, producen lucidez. El collage y la performance son herramientas para pensar, para descomponer las narrativas oficiales y mirar el mundo con extrañamiento. En ese sentido, ambos movimientos funcionan como formas de conocimiento: epistemologías encarnadas que piensan con el cuerpo, el gesto y la materia. Desde la perspectiva de Claramonte, su estética no solo comunica sino que investiga —es una praxis cognitiva que corta, combina y reconfigura.
Podemos experimentar la imagen del cuchillo (Höch) y la manzana (Pussy Riot) como símbolos de una misma operación: la de abrir lo cotidiano para revelar su estructura. En ambos casos, el acto estético se convierte en un ejercicio de curiosidad radical y extrañamiento, en el sentido antropológico del término: mirar lo conocido como si fuera extraño. Si Dada rompió el espejo del arte burgués, Pussy Riot rompe el de la política contemporánea. Entre ambas, el cuchillo sigue en movimiento —un recordatorio de que la estética es, ante todo, una forma de conocimiento en acción.



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